
Hace un mes falleció de manera repentina Émile el cual era un pequeño schnauzer de cinco años. Un daño renal irreparable terminó con su vida. Lamentablemente las enfermedades renales, en los perros suelen ser silenciosas. En su caso, nunca mostró una señal clara del mal que le aquejaba, tras mostrar los primeros sintomas mi perro pasó de ser una mascota aparentemente saludable a debatirse entre la vida y la muerte.
Desde el momento en el que llegó al hospital, los doctores me indicaron que Émile presentaba los sintomas de una enfermedad renal avanzada y que era necesario su hospitalización inmediata. Tras un breve análisis me indicaron que el daño en sus riñones era irreversible y que su pronostico con un poco de suerte era de meses o quizá años.
Escuchar aquella noticia me afectó profundamente. La posibilidad de perder a mi mejor amigo de los últimos años me llenaba de angustia. Los psicólogos utilizan el término “duelo anticipado” para describir el estado emocional en el que me encontraba. A pesar de la incertidumbre, decidí hospitalizarlo, en mi imaginación, Émile aún tenía la posibilidad de regresar a casa, y yo estaba dispuesto a hacer todo lo posible para que así fuera.
En el hospital, una puerta metalica, era lo único que separaba la sala de espera al area designada para los perros más graves. Con el paso de los días esa puerta se convirtió en la representación fisica de la incertidumbre. El tiempo pasaba y con el la salud de Emile se deterioraba gradualmente. Quizá por falta de experiencia o por esperanza , permití que el destino decidiera el desenlace de mi perro. En ese instante sentí que la decisión sobre su vida o su muerte se encontraba lejos de mis facultades morales.
Después de una semana de hospitalización, mi hermano y yo decidimos trasladarlo a otro hospital e iniciamos los trámites necesarios para hacerlo posible. Lamentablemente durante la madrugada de ese mismo día recibí una llamada de los médicos informándome que Émile había sufrido un paro cardiorrespiratorio y necesitaban mi autorización para reanimarlo. Accedí, más por instinto que por una decisión racional. Fue entonces cuando lo entendí: Émile no saldría del hospital y nunca volvería a estar a a mi lado.
Émile llegó a mi vida de manera natural, él fue el único macho de la única camada de nuestra primer perra, mi mamá asistió su parto y así fue como llegó a nuestras vidas. Desde cachorro irradiaba energía y afecto. Le encantaba comer y salir a pasear, era un perro increíblemente cariñoso y sobreprotector.

Unos semanas después de su muerte, el algoritmo me llevó a descubrir la relación que los romanos tenían con sus perros y el cariño que expresaban en sus epitafios. Leerlos, me provocó asombro y me ayudó a entender que el afecto entre humanos y perros lleva miles de años construyéndose y que trasnciende el tiempo que Émile y yo pasamos juntos.
Leí que la razón por la que la perdida de una mascota puede llegar a ser tan fuerte es que su amor se encuentra lejos de dramas y complicaciones humanas. Con su muerte perdemos un tipo de amor que es puro y simple. Frente al caos y sufrimiento que nos rodea. Nuestras mascotas nos brindan un amor que rara vez compartimos con otras personas. Es por ello que cuando mueren sentimos que perdemos esa conexión emocional tan profunda.
Es interesante lo que una mascota puede enseñarnos sobre la naturaleza humana. De alguna manera el amor que sentimos por ellas, y la forma en la que nos han amado, nos invita a extender ese afecto hacia quienes nos rodean y a pensar en las personas que hemos amados y que se han ido. Quizá la gran lección sea aprender a vivir con la muerte como una parte integral de la vida, porque es precisamente la muerte lo que le da valor a la vida.

Aristóteles escribió que, para saber realmente cómo amar algo, debes perder algo. De esa manera, mi perro me enseñó a amar, y eso, al final, es un regalo profundamente bello. Jon Katz escribe al respecto:
¿Hay una mejor manera de aprender y crecer? De la oscuridad, la luz. De la pérdida, la ganancia. De la tristeza, la alegría. A los animales que he amado y perdido, no siento más que gratitud. El dolor define al amor, le da su significado. Sin dolor, el amor no es nada. El luto duele, pero nos limpia, nos purifica y roza nuestra alma. Nos susurra que hemos recibido el gran regalo del amor incondicional.
De esa manera, la muerte de Émile me dejó una herida, pero también mucho amor y vida, algo que siempre recordaré y honraré.
Una Pequeña Carta a Émile
Querido amigo, la casa ya no es la misma sin ti. Cada rincón guarda un pequeño fragmento de tu presencia, e inevitablemente, cada calle de la ciudad me recuerda a ti. Con el paso del tiempo, toda evidencia de nuestra existencia se desvanecerá; como escribió Borges, moriré y con ello la suma del intolerable universo. Pero mi cariño por ti nunca se irá .
Hasta siempre.
Recursos bibliográficos para las personas que han perdido a una mascota:
Sife, W. (1993). The Loss of a Pet: A Guide to Coping with the Grieving Process When a Pet Dies. Howell Book House.
Katz, J. (2011). Going Home: Finding Peace When Pets Die. Villard.
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Escribo sobre arte y música



