Isla de Caras nos habla acerca de su próximo álbum  y sobre su gira en México.

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Isla de Caras es un proyecto de origen argentino que comenzó en 2016 y ha marcado a una nueva generación de oyentes en todo el continente latinoamericano, generando una propuesta refrescante dentro del indie-pop y mezclando elementos de géneros como el R&B y el dream pop.

Con Lautaro (fundador y vocalista)Francisco Villa (guitarra), Manuel Schupak (bajo), Nicolás Fernández de la Puente (batería) y Santiago Martínez (teclados) forman un quinteto el cual está enfocado en romper con el “status-quo” de la producción musical a través de su acercamiento alternativo y anticonvencional para abrir un mundo de posibilidades donde todo sonido puede explorarse y de no existir puede crearse.

El lanzamiento de su primer LP, titulado “Chango”, ha alcanzado reconocimiento internacional, llegando incluso a ser catalogado como “una obra maestra de Sudamérica” y a ser mezclado por el aclamado sello discográfico japonés “P-Vine Records”.

Dicho LP es parte de una ola de música creada con recursos y equipos accesibles, caracterizada por una producción más doméstica. Generalmente catalogado como “Bedroom Pop”, Isla de Caras nos muestra el gran talento de cada uno de sus integrantes y envía un mensaje claro y rotundo a todos sus oyentes: “No existen limitantes en cuanto a la expresión artística”.

Sin lugar a dudas, es un proyecto que enaltece el rock en español y nos muestra un futuro bastante prometedor, así como un sinfín de posibilidades dentro de la producción musical latinoamericana, inspirando a cientos de personas que disfrutan escuchar sus canciones y ser transportados a la Isla de Caras. Un lugar paradisiaco en donde su sonido envolvente cautiva lo más profundo del ser humano y sus letras nos ayudan a encontrar una voz a todos aquellos sentimientos no expresados.

Soy el primer músico de mi familia, pero había algo en la música que me generaba un estado de hiperactividad desde pequeño. Recuerdo pasar mucho tiempo mirando MTV; los “unplugged” estaban muy de moda en esa época. Le decía a mi padre: “Che, quiero aprender a tocar eso”, mientras señalaba la tele.

Los instrumentos de percusión me llamaban mucho la atención. Mi primer acercamiento fue con un bongo de la marca Matador que me regalaron mis padres. A partir de ahí, empecé a tomar clases de batería con André Álvarez, quien fue percusionista de Soda Stereo. Así tuve mi primer contacto con el mundo rockero.

Desde muy temprana edad, a los 10 años, me juntaba con rockeros de 30 y 40, en lugares interesantes y, a veces, horribles, sin que mis padres supieran nada. Recuerdo ese primer contacto con el mundo del rock y pensar: ¡Wow! ¡Qué mal huele, pero qué bueno está!

Es una experiencia que no todo el mundo tiene la oportunidad de vivir y que, seguramente, influyó en ti enormemente.

Sí. A partir de ese momento nunca dejé de hacer música. Tuve mis bandas; tocaba la batería en la banda que formamos en el colegio. Éramos una copia de todas las bandas que nos gustaban: hacíamos covers de The Strokes, Arctic Monkeys y de todas esas bandas que empezaron a aparecer en ese momento.

Mi gran frustración como baterista era no poder escribir canciones, porque el ritmo no te alcanza para cubrir la parte de armonía y melodía. Cuando terminé el colegio, a los 18, empecé a aprender con YouTube a tocar la guitarra y a sacar canciones de Babasónicos. Ahí fue cuando empecé a escribir mis propias canciones. Las subía a SoundCloud y un compañero mío de la carrera me dijo: “Che, creo que hay que producir tus temas de SoundCloud, porque están buenísimos”.

Tenía nociones muy básicas de producción musical, y ahí empezamos, entre todos, a aprender y a formarnos. Tenía una grand machine que había comprado en un remate de eBay, me acuerdo, a 14 dólares, y con eso hacíamos mis demos.

Así grabamos el primer EP de Isla de Caras. Grabamos las tres primeras canciones y, a las pocas semanas, ya aparecían en playlists de Spotify en Argentina. No pasó mucho tiempo cuando la segunda canción de ese EP, titulada “Lo que quieras”, quedó como primera en una playlist que se llamaba Energía Tropical. A partir de ahí, ya teníamos un millón de reproducciones, y era un EP que habíamos grabado en una habitación con literalmente cero presupuesto. Tuvimos que grabar las voces 20 veces, porque pasaban los buses por el costado, los vendedores, ambulancias y demás.

Teníamos 21, 22 años. No entendíamos lo que estábamos haciendo, porque tampoco lo hacíamos con cierta ambición. Me di cuenta de que nuestra música provocaba algo cuando me llegaban mensajes por Instagram diciendo: “Che, vení a tocar a República Dominicana”, y pensaba: “Mirá, nunca hemos tocado en nuestra vida todavía; no sé si voy a lograr ir a toda América”.

Cuando el EP empezó a tener cierta repercusión, empezamos a armar la banda con la primera formación: estaba Chappie, de Banda de los Chinos, en la batería; el que tocaba las teclas en banda, que en Isla tocaba la batería; y mi otro amigo, Nico Teuval, que ahora vive en Berlín, estudió, hizo un máster en Artes y tiene su estudio en Berlín, donde producía música electrónica.

Después fue un camino de búsqueda hasta que quedamos los cinco miembros actuales de Isla de Caras, con quienes tocamos el segundo disco y empezamos a escribir los siguientes.

No me parece que sea una necesidad intrínseca. No se trata tanto de saber de disciplina o del conocimiento técnico para llevar adelante un proceso artístico o desarrollar una ambición personal o una curiosidad artística interna. Tiene que ver fundamentalmente con la cuestión del tiempo.

Hay un montón de “músicos anti-músicos” que no saben muy bien tocar instrumentos y, aun así, hacen una música genial. Soy una persona que se mueve más por la intuición y, como te dije, soy autodidacta, así que no tengo un know-how exacto del instrumento.

Eso también puede ser una ventaja, porque, al no tener un manual de instrucciones tan establecido, voy improvisando con salidas no tan preestablecidas y proponiendo caminos no del todo explorados. Hay una canción de Isla que se llama “Partenaire” y tiene una progresión armónica que, cuando me junto con otro músico a analizarla, me dice: “Qué raro que hagas este acorde mayor acá, cuando lo lógico sería un acorde menor”. La elegí de esa manera intuitivamente. Entonces, no hay ni bienes ni malos.

Lo que sí te puedo decir es que tener conocimiento del dispositivo acelera bastante los tiempos que te separan de lo que querés lograr.

Me gusta sentir que produzco algo que genera un sistema comunicativo. Es decir, tengo algo que me nace adentro. Es loco, porque, básicamente, soy una máquina que transforma sentimientos, emociones o preguntas en canciones, que son archivos de audio que la gente puede reproducir en su casa y consumir.

¿Por qué lo hago? Por una cuestión hegeliana, propia de querer hacer y sentir que lo que hago se puede “tocar”, entre comillas, porque, si bien no se puede tocar literalmente, sí se puede tangibilizar de manera concreta al producir en la gente alguna emoción.

En un momento lo hacía porque me gustaba escuchar la música que hacía, esa era mi época más narcisista con la música. Como todo artista, me gustaba escuchar: era como “hago la música que me gustaría escuchar”. En esa época hacía eso

Para mí, el consejo más certero que puedo darles es que se junten con gente que esté en la misma situación que ellos. Siempre me pareció que me fue más fácil hacer música acompañado, ya sea con un compañero, una compañera o incluso dos; cuando es algo colectivo, lo vuelve más disfrutable y menos neurotizante, y, al mismo tiempo, siento que se acerca a un lugar más certero en lo que refiere al inconsciente colectivo. Uno hace una canción y la escuchan varias personas; entonces, al estar el proceso mediado por dos o más personas, hay menos chances de que sea un ejercicio de mera masturbación narcisista individual.

Sí, puede ser. No me caso mucho con ningún eslogan, como de unir o desunir; claramente, cualquier cosa que tenga que ver con un proceso comunicativo puede unir o desunir de formas iguales, si se siente que las personas se relacionan entre sí de manera interdimensional. Vos y yo podemos tener la misma banda favorita y, a la vez, tener ideas diferentes en otro sentido, y, de la misma manera, ideas similares en cierta perspectiva, aunque luego nos guste música diferente.

Cuéntanos: en las últimas preguntas nos gustaría charlar un poco más contigo, porque queríamos que esta entrevista fuera una plática más informal, casi como una conversación entre un artista y una banda, un poco fuera de lo común en cuanto al proceso creativo, etcétera. Cuéntanos, ¿cuáles eran las bandas que más te inspiraron o cuáles son tus bandas favoritas, aquellas que hasta hoy en día te hacen decir: “Sabés que esto definitivamente me inspiró a tomar el camino del artista”?

Tengo una debilidad por el cine nórdico; me gusta mucho un director que se llama Joachim Trier, que tiene una trilogía titulada “Oslo”, y me encantan las tres películas. Después, también me gusta otro sueco, Ruben Östlund. En cuanto a la literatura, me gusta mucho un libro titulado “Las Partículas Elementales”, de Michel Houellebecq, así como “La Posibilidad de una Isla”. De ahí, en parte, sale también el nombre de nuestra banda.

Alex G; estoy escuchándolo mucho, y también estoy revisitando a Robert Wyatt, que es muy bueno.

Perfecto, perfecto. Definitivamente, los vamos a escuchar. Yo también comparto un amor muy profundo por Alex G. Y, ahorita, que mencionaste a Damon Albarn, creo que, desde pequeño, todo lo que hacía él me parecía impresionante, desde su proyecto de Blur.

Ahora acabamos de sacar el primer sencillo de nuestro próximo disco, “Líneas Generales”. Se llama “Mirar Películas”, y el disco sale completo el 29 de abril; lo presentaremos en México. Tendremos una fiesta de lanzamiento el 1 de mayo en Ciudad de México, el 2 de mayo tocaremos en Guadalajara, el 3 en Querétaro y el 5 en Aguascalientes.

Autor

  • Emmanuel Ramírez

    Actor emergente, amante de la música, el cine y el arte. Me interesan los proyectos de desarrollo sostenible. Soñador en la decadencia.

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Emmanuel Ramírez

Actor emergente, amante de la música, el cine y el arte. Me interesan los proyectos de desarrollo sostenible. Soñador en la decadencia.
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