¿Dónde están los héroes?

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Hay en nuestra sociedad ruinas de glorias pasadas cuyo propósito era guiar nuestra conducta. Ahora existimos en un frágil entorno cuyo rumbo se ha perdido, cuyo orgullo ha sido destruido por el vacío. Y, peor aún, se ha dejado de lado la construcción de una nueva gloria. Abandonado al peor de los exilios, el del desconocimiento. 

Las preguntas perennes, cuya función es construir la sociedad que habitamos, han sido ignoradas por estar volteando hacia los engaños efímeros. Engaños que, como los lotófagos a la tripulación de Odiseo, nos hacen creer en la facilidad de no cuestionar nuestro ambiente con tal de poder seguir en un estado apático. Es en este gran teatro, el cual por nombre lleva vida, que se pasó de la epopeya y sus historias de grandeza, a la tragicomedia para después terminar en lo absurdo de lo abstracto. Sin dirección ni propósito claro, simplemente se experimenta.

Hoy más que nunca se necesita mirar al pasado. No para regresar a él, pues la nostalgia es un pozo sin fondo, sino para retomar las herramientas que nos permiten enfrentarnos al oscuro paradigma que nos depara. Ante un mundo violento en el cual la indiferencia incentiva al malhechor se vuelve necesario preguntar en dónde están los héroes. En la tradición occidental se ha creado un gran panteón de estos personajes, los cuales se preguntan cuál será la espada en la piedra de nuestro mito arturiano contemporáneo.

Un pueblo sin héroes no es sino un cuerpo sin alma. Los héroes, lejos de ser ornamentos de un pasado olvidado, son los depositarios de los más altos valores de su tiempo. Mediante su actuar arrancan el velo de la conformidad al ser humano y lo obligan a reflexionar, a saber que vivir es asumir una responsabilidad. El Aquiles que muere en Troya, cada Cid Campeador que defiende su honor, cada Sor Juana que rompe el silencio, no es una simple historia vieja. Es un llamado de gloria a recordar que no se puede vivir a ras de suelo.

La crisis que enfrentamos no se limita a lo político ni a lo social; trágicamente, es una crisis de carácter. El hedonismo y la rapidez de la vida contemporánea nos han convertido en los espectadores de nuestra propia decadencia, viendo cómo pasa el desfile de lo histórico como si fuera una obra en escena. Pero no faltan programas, ni reformas y mucho menos un politicucho que quiera engañar con un falso sentido de héroe. Lo que falta es el espíritu de grandeza que pueda animarlos a ustedes, a la gente de bien, a actuar con el nivel que se requiere. Falta la figura del héroe, la figura de aquel que no se contenta con solo ver al abismo, sino que lo decide enfrentar, aún a costa de su vida.

Hay quienes dirán que el heroísmo es anacrónico, perteneciente a tiempos románticos y que la modernidad ha aniquilado toda necesidad por estos gestos sublimes. ¡Trágico el destino de quien caiga en ese cuento! Hoy más que nunca lo que se necesitan son hombres y mujeres capaces de entender que vivir no se trata de durar y esperar a la muerte. Se necesita gente que entienda que existir no es meramente adaptarse al flujo del tiempo, sino que es forjar un destino digno con sus propias manos. Así, el héroe no es el bravo pero ciego, sino que es aquel que, aún temiendo,actúa. Y, el héroe no busca la gloria vacía como lo hace el déspota, sino que es quien en su interior reconoce que la vida es más que una rutina, más que una acumulación de días grises.

El andar político de nuestro tiempo olvida, en su frío maquinar, que detrás de cada comunidad y detrás de cada sistema debe existir una fibra moral que sea capaz de sostenerlo. Bien lo expresó Platón al escribir que el alma de la ciudad es la del ciudadano, por lo cual la ausencia de virtud en los hombres es forzosamente una ausencia de justicia en sus leyes. Es por lo que los guardianes no son simples administradores de las polis, sino seres de nobleza obligados a gobernar por el amor al bien. Esa idea, aparentemente inexistente en nuestros días, debe ser reavivada.

Pero el heroísmo que necesitamos no es de una fuerza bruta y de estupidez. No es Alejandro conquistando mundos, sino Marco Aurelio conquistando al ser. La virtud interior, la disciplina callada y la convicción profunda son lo que hacenal héroe, antiguo y futuro; no es el deseo de aclamación.

Rescatar al héroe es volver a hacer las preguntas importantes. ¿Qué merece ser vivido? ¿Qué merece la defensa absoluta y el sacrificio aun a costa de nuestra propia vida? Si no podemos tan siquiera comentar estas preguntas, si todo se reduce a la comodidad efímera y al consumismo inmediato, entonces no hay estructura alguna para sostener al templo de nuestra comunidad. Los antiguos declamaban “pulvis et umbra sumus”, que significa “somos polvo y sombra”, y una sociedad sin ideales ni figuras que encarnen sus aspiraciones más altas está condenada a terminar en un polvo indiferenciado.

Debemos rescatar a los héroes, pero no como una pose superficial, sino como una urgente necesidad de nuestra época. Debemos reencontrar el carácter y formar a la sociedad en el temple moral que exige la vida verdadera. Debemos devolver al sacrificio su dignidad, al deber su sentido y al honor la más profunda convicción. Comenzando por el rechazo a la mentira cotidiana y con la resistencia a la corrupción espiritual del cinismo, se da el primer paso para recordar la verdadera gloria de vivir como héroes.

Ante el seductor canto de las sirenas que nos llaman al abandono de toda empresa noble, nosotros debemos ser como Ulises y resistir su dulce canto. Y no se trata de grandes gestas para los anaqueles de la historia, sino que se trata de la recuperación del sentido íntimo de la existencia. Así, cuando seamos los suficientes quienes hayamos retomado el camino hacia la virtud, entonces habremos construido un suelo firme para nuestra comunidad. En nuestro actuar, recordemos las palabras de Borges: “Así combatieron los héroes, tranquilo el admirable corazón, violenta la espada, resignados a matar y a morir”.

Que escuche quien quiera oír en el fondo de su alma al llamado antiguo que resonó en las planicies de Roma, en las murallas de Valencia y en los campos de Flandes.  Ese mismo llamado que nos incita a ser más de lo que ya somos y a ser dignos de lo que podríamos alcanzar a ser. Y que, al responder al llamado, entendamos que no hay política sin virtud ni virtud sin heroísmo. Y sin estos dos no nos queda más que el caos que se enmascara como civilización y progreso

Autor

  • Nicolás Ortiz

    Nicolás Ortiz estudia Ciencia Política en el ITAM. Además de gusto e interés, su experiencia lo ha llevado a escribir sobre el arte, la filosofía y el acontecer político. Colabora también con el periódico El Universal dentro de la sección Generación Universitaria.

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Nicolás Ortiz

Nicolás Ortiz estudia Ciencia Política en el ITAM. Además de gusto e interés, su experiencia lo ha llevado a escribir sobre el arte, la filosofía y el acontecer político. Colabora también con el periódico El Universal dentro de la sección Generación Universitaria.
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