Futuros Vestigios: una nueva forma de mirar la cerámica.

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En tiempos de pantallas voraces y atenciones fugaces, la cerámica, aquella tecnología milenaria de manos, barro y fuego, suena casi subversiva. Obliga a esperar. No hay scrollque acelere el secado ni algoritmo que salte la cocción. Vestigios Futuros, montada en Zacatecas 195, en la Roma Norte, propone precisamente esa herejía contra la inmediatez: volver al ritmo artesanal para pensar el presente y su fragilidad. Las piezas, reunidas por Marchante Arte Contemporáneo, son menos “objetos” que depósitos de tiempo: huellas de procesos que no vemos pero que, como en la arqueología, perduran a pesar de su aparente vulnerabilidad. El guion curatorial invoca incluso la noción de “potencia no realizada”: cada vasija, cada relieve, cada volumen que amenaza con quebrarse guarda otras formas que pudieron ser y no fueron. En esa paradoja de lo efímero y lo perdurable descansa la apuesta de la muestra. 

El recorrido parte de lo doméstico para abrirse hacia lo escultórico y lo lúdico. La colaboración entre Luci Rodarte y Ricardo Luévanos construye un pequeño ecosistema de plantas y flores contenidas en vasijas irregulares, intervenidas con frases de anhelo o nostalgia. No es un jardín, es un palimpsesto afectivo: el recipiente, sus palabras y la vida vegetal se espejean, como si la vasija filtrara también estados de ánimo. La cerámica, que solemos usar sin pensar, aquí nos devuelve la mirada: recuerda que los contenedores no sólo guardan materia, también guardan lenguaje. 

María Enríquez lleva esa torsión semántica a la iconografía de supermercado: seis cajas de cereal reproducidas en arcilla y pintadas a mano. El gesto, en apariencia pop, tiene filo crítico. En un mar de empaques descartables, la artista fija en barro el fetiche de lo desechable. Si en MATERIAL 2024 la propuesta ya había mostrado su nervio, aquí se lee como arqueología inversa: no exhumamos restos del pasado, sino que momificamos lo cotidiano de hoy para que alguien, mañana, lo encuentre. ¿Qué dirían de nosotros esas “cajas” endurecidas cuando el branding que hoy creemos eterno haya mutado de nuevo? 

Román de Castro traduce su universo pictórico al volumen con objetos de la cotidianidad que juegan con la evidencia y la imposibilidad. Sus piezas parecen bromear con nuestras expectativas de utilidad: lo que reconocemos como “taza”, “jarra” o “recipiente” se desliza hacia otro estatuto, como si la palabra ya no alcanzara al objeto. Ese quiebre lingüístico —tan propio de la poesía— encuentra en la cerámica una aliada material: el borde, la asa, el peso, nos anclan al uso; la torsión formal nos expulsa hacia la contemplación. 

Pieza de ceramica por Román de Castro

Desde otro registro, Licenciado Domínguez levanta una mitología personal en clave de humor dislocado. Sus personajes cerámicos, entre caricatura y tótem, funcionan como máscaras contemporáneas: reconocibles y extraños. La risa y la sonrisa torcida es aquí una herramienta para suspender el juicio y, de paso, recordarnos que la cultura material también se sostiene en relatos compartidos, en chistes locales, en guiños. Humor como ligadura social, pero hecho barro. 

Guadalupe Quesada invade el espacio con formas orgánicas: parásitos, protuberancias, colonias que trepan y se multiplican. Es una instalación que piensa el cuerpo y su alteridad, la vida que nos habita y que no controlamos. El barro, poroso y orgánico, confirma su parentesco con lo vivo: no sólo “contiene”, también contagia. Quesada desplaza el eje del objeto-aislado hacia el ecosistema, y con ello desarma la comodidad del cubo blanco. 

En contrapunto, Andrés Johnson presenta autorretratos monstruosos y personajes circenses concebidos como receptáculos de elementos agrestes. Hay algo de feria y de gabinete de curiosidades, pero también de exorcismo íntimo: la máscara para decir lo propio, lo monstruoso como espejo de lo humano. Que sean recipientes no es casualidad: si el rostro es contenedor de identidades, estas vasijas-cara completan el círculo entre función y símbolo. 

Ana Castella, por su parte, se estrena con una serie de fragmentos anatómicos pensados para ser manipulados por el público. La propuesta, de vocación lúdica, ensaya nuevas combinatorias morfológicas: cuerpos posibles, ensamblajes provisionales, anatomías sin manual. Es una invitación a tocar —esa palabra casi prohibida en museos—, y a recordar que la cerámica es, antes que nada, un diálogo táctil. Que podamos “rearmar” el cuerpo habla de nuestra pulsión de reparar y recombinar; también de la ética del ensayo y error que el barro impone. 

Ceramica por Ana Castella

Tomadas en conjunto, las obras trazan una cartografía de tiempos superpuestos. En cada pieza conviven el tiempo lento de la manufactura, el tiempo fugaz de la moda, el tiempo abierto de la interpretación y el tiempo futuro de la ruina. Porque toda cerámica es, en potencia, un vestigio: puede quebrarse, sí, pero también sobrevivir siglos como fragmento elocuente. Ahí se lee con claridad el argumento central de la muestra: la cerámica como respuesta pausada al vértigo contemporáneo; como suspensión de la urgencia productiva en favor de la imaginación de otras formas de habitar. 

Que esta discusión ocurra en una sede independiente no es un dato menor: es un gesto de comunidad entre talleres y prácticas que, sin renunciar a la experimentación, reivindican la mesa de trabajo, el horno, la conversación lenta. En tiempos de promesas tecnológicas sin cuerpo, volver al barro no es nostalgia: es política del tiempo. La exposición lo recuerda con nitidez y sin solemnidad, abriendo una grieta para que, entre fragmentos, asome el futuro.

Autor

  • Nicolás Ortiz

    Nicolás Ortiz estudia Ciencia Política en el ITAM. Además de gusto e interés, su experiencia lo ha llevado a escribir sobre el arte, la filosofía y el acontecer político. Colabora también con el periódico El Universal dentro de la sección Generación Universitaria.

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Nicolás Ortiz

Nicolás Ortiz estudia Ciencia Política en el ITAM. Además de gusto e interés, su experiencia lo ha llevado a escribir sobre el arte, la filosofía y el acontecer político. Colabora también con el periódico El Universal dentro de la sección Generación Universitaria.
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